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El Dakar entre ceja y ceja

Los que me conocéis sabéis que, además de la cocina, hay otra cosa que también me vuelve loco: las motos. Durante mi juventud competí con éxito. Y aunque las lesiones me apartaron del primer nivel y la cocina se ha convertido en mi dedicación principal, las motos han seguido siendo una fiel compañía en mis momentos de ocio.

No puedo evitar sentir lo que siento cuando subo a una moto y doy gas a fondo. Es adrenalina pura, no sé cómo decirlo. Me expreso mejor en la cocina que con las palabras, pero seguro que me entendéis cuando digo que como amante de las motos, ir al Dakar para mí sería una de las experiencias más especiales de mi vida.

Hace tiempo que hablo con gente que ha ido y gente que quisiera ir, y todos coincidieron en que es una auténtica pasada. Así que cojo el reto: ¡en 2017, veréis a Nandu en la línea de salida!

Y lo hago por mí y por todos aquellos que sueñan con poder estar. Pero sobre todo iré al Dakar con un objetivo solidario: aprovechar toda la repercusión mediática que pueda tener para dar la máxima difusión al Proyecto ARI, una iniciativa que recauda fondos a favor del tratamiento e investigación de la leucemia.

 Y como el tiempo no se detiene... ya tengo encima el primer gran reto del proyecto Nandu Dakar: correr la Abu Dhabi Desert Challenge! Seis días de competición, del 2 al 7 de abril, que me llevarán por las exigentes dunas de los Emiratos Árabes. Aquí el objetivo principal es terminar la carrera. Si llego a la meta ya tendré la certificación necesaria para participar al Dakar.

París, París... el mejor regalo posible

El día que celebramos la fiesta de los quince años de Can Jubany, todo el equipo al completo nos hizo, a Anna y a mi, un regalo espectacular. En un principio parecía un pan gigante, pero cuando lo abrimos descubrimos que dentro había sorpresa. Y qué sorpresa: una estancia de tres días en París, solos, sin pensar en el trabajo y con todo el tiempo del mundo. Nos lo hemos pasado tan bien. Y hemos hecho de todo. No hay un rincón de París que se nos haya resistido. Fuimos en bateau mouche por el Sena, visitamos tiendas, monumentos y, por supuesto, restaurantes. Fuimos a desayunar al Fouchon, una de las mejores pastelerías de París en la plaza de la Madelene, y visitamos el Atelier de Joel Robuchon, dónde nos entusiasmamos con su modelo de negocio. Y no pudimos resistirnos: destinamos las cenas a restaurantes donde pudimos degustar liebre a la Royale, para compararla con la de casa. Y con toda la modestia del mundo, me quedo con la mia. De hecho, de la cocina francesa, como de la de todo el mundo, se pueden aprender muchas cosas. Pero conocerla también evidencia que la cocina catalana está a un nivel altísimo, y a unos precios menos escandalosos.

New York, New York...

La primera sensación que me despertó Nueva York fue, y lo siento por los amantes de esta gran ciudad, decepcionante. Seguramente ayudaron el cansancio acumulado después de horas arriba abajo, y el hecho que fuera la una de la madrugada, pero Times Square y la séptima avenida me parecieron lugares pequeños y tronados. Vaya, que me lo imaginaba más grande. Pero ayer, después de descansar y a la luz del día, Manhattan empezó a seducirme: el Rockefeller Center, Central Park, la quinta avenida y todos estos lugares que no puedes olvidar si pasas por la gran manzana. A mediodía nos esperaban en el Nobu, el restaurante japonés más prestigioso de la ciudad dónde nos trataron a cuerpo de rey y nos sirvieron un menú a medida. Nos podéis ver a Mati y a mi al lado de una magnífica escultura del colombiano Fernando Botero, justo enfrente del establecimiento de Nobu Matsuhisha.

Visita el sitio web del restaurante Nobu de Nueva York

En el mercado local de Harvard

Saliendo de Harvard encontramos por casualidad un mercado de productos artesanos y de granjas de la zona. Como podéis suponer me faltó tiempo para toquetear todo lo que tenían allí: calabazas, hortalizas y todo lo que encontré.

Dan Barber: un genio de la cocina cordial y cercano

Mi primer día en Nueva York ha sido muy enriquecedor. Principalmente porque ha estado ligado a la figura de Dan Barber, que nos ha acogido en el Blue Hill Farm, su restaurante granja, y nos ha demostrado que además de ser uno de los mejores cocineros del mundo, es una persona cordial y muy cercana, que se ha dedicado en cuerpo y alma a nosotros. Al llegar nos ha hecho subir a un pequeño tractor para recorrer las instalaciones. Por supuesto me he apropiado del volante y, para que negarlo, he disfrutado de Valente cogiendo algunas curvas con solo dos ruedas. A los otros me parece que no les ha gustado tanto. Me encanta la filosofía de cocina sostenible, de quilómetro cero que dice él, que tiene Dan. Eso es lo que en el fondo nosotros hacemos en casa, sacando las verduras de nuestro huerto y los huevos de nuestras gallinas. Claro que el espacio que nosotros tenemos es como la caseta del perro, si nos ponemos a comparar. Dan nos ha obsequiado con una cena fabulosa. Cuatro horas largas probando las delicias que prepara, que nos han ayudado a superar el cansancio que llevamos acumulado después de una semana tan intensa. Al final, hemos entrado en la cocina para ovacionar su equipo de veinte cocineros, que lo han dado todo para que nos sintiéramos como en casa.

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