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Me encuentro conmigo mismo en la librería

Aproveché mi estancia en Boston (aquí no estaré todos los días) para ir a una de las mejores librerías de Harvard y llenar mi maleta de libros de cocina. De hecho, en el aeropuerto de regreso acabé pagando una tasa por exceso de peso en el equipaje por la gran cantidad de bibliografía que Mati y yo hemos cargado. Pedí dónde era la sección de cocina y enseguida me di cuenta que me miraban de forma un poco extraña. Y cuando llegué descubrí el porqué: allí estaba el cartel que promocionaba mi conferencia en la universidad. Que raro que es estar en Boston, querer comprar un libro y encontrar mi nombre en el escaparate!

Dan Barber: un genio de la cocina cordial y cercano

Mi primer día en Nueva York ha sido muy enriquecedor. Principalmente porque ha estado ligado a la figura de Dan Barber, que nos ha acogido en el Blue Hill Farm, su restaurante granja, y nos ha demostrado que además de ser uno de los mejores cocineros del mundo, es una persona cordial y muy cercana, que se ha dedicado en cuerpo y alma a nosotros. Al llegar nos ha hecho subir a un pequeño tractor para recorrer las instalaciones. Por supuesto me he apropiado del volante y, para que negarlo, he disfrutado de Valente cogiendo algunas curvas con solo dos ruedas. A los otros me parece que no les ha gustado tanto. Me encanta la filosofía de cocina sostenible, de quilómetro cero que dice él, que tiene Dan. Eso es lo que en el fondo nosotros hacemos en casa, sacando las verduras de nuestro huerto y los huevos de nuestras gallinas. Claro que el espacio que nosotros tenemos es como la caseta del perro, si nos ponemos a comparar. Dan nos ha obsequiado con una cena fabulosa. Cuatro horas largas probando las delicias que prepara, que nos han ayudado a superar el cansancio que llevamos acumulado después de una semana tan intensa. Al final, hemos entrado en la cocina para ovacionar su equipo de veinte cocineros, que lo han dado todo para que nos sintiéramos como en casa.

¿Y si volviésemos a Harvard?

Hasta ayer pensaba que el dicho que dice “lo que es bueno se termina”. Pero ahora me parece que no es verdad. Yo que pensaba que la experiencia en Harvard había quedado atrás, y resulta que el Science Center me ha hecho una petición. Quieren que regrese en diciembre, para formar parte del jurado y entregar los premios a los proyectos de los alumnos que han participado en el curso Science&Cooking. Aunque no sé si quieren que regrese porque realmente les gustó mi conferencia o porque me han colgado la etiqueta de Party Chef. Mirad que he indagado, pero todavía no he descubierto a quien se le ocurrió ponerme este apodo. O quizás quieren volverme a ver porque tienen ganas de comer más palomitas de nitrógeno líquido de las que hice a petición de los alumnos de la Chef Hour? Sea como sea, en las últimas horas no he parado de recibir correos electrónicos de los organizadores del curso y de los propios estudiantes, contentos de haber compartido un par de días con nosotros. ¿Cómo me puedo negar a lo que me piden? Con el buen recuerdo que me llevo, volvería a Harvard todas las veces que hiciera falta.

Hasta siempre, Harvard

Mi experiencia como profesor de la Universidad de Harvard ha llegado a su fin. Ha sido breve pero intensa, enriquecedora e inolvidable. Ayer superé el reto de contar lo que sé delante de 300 estudiantes de uno de los centros más prestigiosos del mundo, y de someterme a las preguntas de un pequeño grupo de ocho alumnos que me hicieron improvisar de valiente con el nitrógeno líquido. Nos lo pasamos genial. Con David Weitz, el científico que me acompañó en clase explicando los procesos de las recetas que yo iba haciendo, nos entendimos de maravilla. Ha sido un placer trabajar con él, como también lo ha sido contar con la ayuda de Christina Andujar, una de las organizadoras del curso, y de Anna Laromaine, que no nos ha dejado en ningún momento, enseñándonos el campus (un campus repleto de ardillas, por cierto), haciendo que esta experiencia sea inolvidable, facilitando siempre las cosas y traduciendo lo que hacía falta. Y digo traduciendo porque no ha parado de hacerlo, Anna. Aunque yo ya se lo repito, que el problema no es que no domine el inglés. El problema es saber tantos idiomas: catalán, castellano, francés… y ahora inglés. Pero tengo la sensación que estos argumentos no convencen a nadie. Ahora empieza el camino de regreso a casa. Todavía nos esperan dos días intensos en Nueva york donde, como buenos amantes de la gastronomía, nos hemos fijado como objetivo probar las delicias de unos cuantos reyes de los fogones.

Galería de imágenes de la visita a Harvard, en el Flickr de Nandu

Primera conferencia superada

Tanto tiempo esperando este momento y finalmente ya ha pasado: la primera conferencia en Harvard ya está hecha y yo diría que ha ido muy bien. El público se ha entregado, y me parece que se lo han pasado bien y han aprendido con la ponencia. También se han reído, por ejemplo cuando les he contado las creencias sin fundamento acerca del alioli, como que se corta si la mujer que lo hace tiene la regla o si se mezcla siempre en la misma dirección, y cuando les he asegurado que hacer cinco litros de alioli es mejor que ir al gimnasio. Se lo pueden tomar a broma, pero si lo intentan se darán cuenta que es un buen ejercicio para quemar calorías. Mi inglés de payés ha sido un reto, y he tenido suerte de la intérprete que me ha traducido en todo momento. Pero yo, haciendo gala de mis clases con Beth, he utilizado todas las palabras que se: salt, pepper, egg, oil,,, i algunas más. El día ha sido muy intenso, y después del viaje y con el jet-lag aún presente, hemos terminado agotados. Hemos comido en u n restaurante taiwanés dónde nos han dado pollo con ginseng y un pescado muy bueno pero tan picante que, en mi inglés casero, los lips burn. Y me ha sabido muy mal para los otros comensales cuando, en la sobremesa, me he dormido como un bebé. Cuesta que se me descarguen las pilas, pero estos americanos lo han conseguido. Ahora, con las baterías recargadas de nuevo, afrontamos la segunda jornada en Harvard.

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